¿Por qué dejé mi trabajo en la dirección de Google?

 

Jessica Powell tenía dudas sobre si dejar su empresa. La vicepresidencia global de comunicaciones de Google no es un cargo al que se llegue fácilmente. Se le ocurrió buscar la respuesta, claro, en Google. «No busqué cómo dejar tu trabajo cuando estás en la dirección de Google, no conocía a nadie que lo hubiera hecho», bromea.

Pero si hizo breves tests para ver si estás convencido: preguntan si odias a tu jefe, si es un suplicio levantarte para ir a la oficina o si tienes la capacidad de trabajar en algo más. No le salían resultados claros: «Estaba a mitad de camino, no odiaba todo, estaba dejando muchas cosas pero también quería salir de ahí, así que esos tests no eran útiles». Pero al final se fue. Y dejó un post escrito para el próximo jefazo de Google que necesite ayuda para abandonar.

¿Y ahora, dos años después? «Maravilloso», dice. No se equivocó.

Powell recibió ofertas de otras grandes empresas, pero no quería volver. Regresó a la universidad, se quedó embarazada de su tercer hijo, publicó un libro y ahora es cofundadora de su empresa de software para música.

La historia de Powell es rara. Poca gente en Silicon Valley salta del puente de mando de sus barcos y cuando lo hacen son noticia. Son lugares demasiado grandes y confortables, que dominan y dirigen buena parte del mundo. Quién querría bajarse de ahí. Y, sobre todo, por qué.

El trabajo de Powell era defender cada una de las decisiones técnicas que tomaban ingenieros visionarios para salvar el mundo de sus anticuallas humanas. Lo que no deja de ser verdad: servicios como el buscador, los mapas, el acceso a información, las opciones de relacionarse o comprar por internet son lógicamente indispensables. Pero esas buenas intenciones están llenas de agujeros imprevistos por estos grandes cerebros: redes que sirven para el genocidio, vídeos que promueven el nazismo, acoso por todas partes y, sobre todo, una monocultura controlada por un tipo de gente que no comprende las necesidades del resto.

«Todos estos problemas no han aparecido de repente y se les ha tenido que buscar soluciones. Son problemas que las empresas siempre han tenido. La privacidad para Facebook es un problema casi desde el inicio, no desde el día uno pero sí desde 2008. Nunca han aprendido la lección. ¿Por qué? Porque nunca ha impactado en su número de usuarios», dice Powell, que habló con EL PAÍS en una reciente visita a Madrid.

Powell ha satirizado su experiencia en su novela La gran ruptura, la primera que ha publicado la editorial digital Medium, de momento solo disponible en inglés. Es la historia de Anahata, una gran empresa de Silicon Valley dirigida por un genio loco rodeado de chalados obsesionados en distintos grados por el dinero, el ego, la eternidad, el poder y el éxito. Powell insiste en que Anahata no es Google, pero su retrato de la cultura ingeniera centrada en la grandilocuencia y en detalles absurdos es fascinante: «Nunca muestre miedo. Los ingenieros pueden olerlo a un kilómetro. La mitad de tener éxito aquí es actuar como si tuvieras razón aunque no la tengas», dice uno de los personajes. Uno de los mejores pasajes del libro es una loca cadena de emails donde docenas de empleados discuten si se puede trabajar descalzo.

En su trabajo como jefa de comunicaciones, Powell estuvo en reuniones de dirección donde su labor era explicar cómo verían una innovación los usuarios y la prensa. Pero su labor era lidiar con las consecuencias. En su época YouTube debió afrontar la retirada de anunciantes: «Grandes marcas como Verizon y Walmart quitan sus anuncios de YouTube tras ver que aparecen junto a vídeos que promueven extremismo u odio», es un titular de marzo 2017. «Boicot de anuncios en YouTube: AT&T, Disney abandonan por preocupaciones por pedofilia», es un titular de 2019. Si Powell siguiera en Google, los problemas se repetirían: «Es agotador», dice.

El argumento que dan las grandes compañías es que en una plataforma con miles de millones de usuarios siempre habrá algo mal: les hemos dado el fuego y con el fuego pueden cocinar o quemar el bosque, decían antes de darse cuenta de su condescendencia. Ahora dicen que se lo toman en serio. Pero solo lo dicen: «En realidad no lo persiguen. Porque no hay crecimiento o beneficios en ir tras ello, así que se hace control de daños». Y lo hacía el departamento de comunicación que dirigía Powell. Hasta que se cansó.

Fuente: El país.

Leave a Reply

Socios Comerciales